martes, 27 de septiembre de 2011

1995

- ¿Por qué se fue, mamá? – preguntó Luis en voz baja, como con miedo a su propia voz. No era una pregunta bienvenida.

- Pues… porque… por el accidente, Luis – dijo su madre, intentando una vez más que su voz sonara convincente, sin éxito.

- ¡Deja de preguntar siempre lo mismo! – se quejó Ana, con fastidio – Papá se olvidó de todo y se perdió. Ya está.

Aquello no convencía a ninguno de los dos niños, pero era mejor que no saber nada. Había pasado un largo año desde que su padre les había abandonado, y en el fondo aún seguían esperándole. Sin reproches, sin odio. Tan solo esperanza de que todo volviera a ser como antes.

Lucía los miró, con aquellos ojos grandes y oscuros llenos de tristeza, y supo que no podría mantener la mentira por mucho más tiempo. Los niños crecían, y sus preguntas serían cada vez más frecuentes. Ni ella misma tenía clara la razón por la que su marido les había abandonado, quizás para siempre. Todo había sucedido demasiado deprisa, y tras tantos meses de soledad y desesperación sus recuerdos estaban contaminados de miedos, esperanzas… y desamor. Una y mil veces había pasado por delante de la comisaría, con la firme intención de entrar y denunciar su desaparición, pero se frenaba en el último segundo. Debía cumplir sus instrucciones.

Doce meses atrás, día más o día menos, caminaba. Por un parque, luminoso y verde. Recordaba estar intranquila, con esa desazón que precede a las malas noticias. Había salido de casa corriendo, cuando había recibido una llamada: “En el parque en diez minutos, es importante”. Y colgó, sin darle tiempo a reaccionar. El parque no podía ser otro que el María Luisa, donde siempre terminaban cada vez que salían a dar un paseo, y donde llevaron (y llevaban) a los niños de vez en cuando.

Le gustaba Sevilla. Ella era andaluza, pero originaria de un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, así que aún no podía decir que realmente conociera la ciudad aunque llevara casi diez años viviendo en ella. Tampoco le importaba, porque sabía orientarse de forma correcta. Además, vivían en una zona agradable, cerca del parque y del barrio de El Porvenir, en un piso grande de los antiguos, en un edificio que emanaba respetabilidad. Sin embargo, había algo que aún después de todo ese tiempo la hacía sentir una extraña, una extranjera en lo que no dejaba de ser su tierra. Esa sensación la acompañaba y le pesaba como una losa, porque en el fondo sólo quería sentirse parte de una comunidad, como lo fue en su infancia. A pesar de todo, pasear por las largas avenidas y observar el río desde los puentes siempre la reconfortaba, aunque desde que nació Ana era difícil encontrar un momento de soledad.

Aquella mañana cogió su bolso, las llaves y salió, aliviada porque los niños estaban aún en el colegio y podía irse rápidamente. Caminó rápidamente hasta llegar a la verja de entrada del parque, y entró temblorosa. No entendía lo que estaba pasando. La voz de su marido, por teléfono, le sonó áspera, grave, seria… ¿qué podía ser? Entró al parque cerca del Pabellón Real y del de Bellas Artes, sin un rumbo fijo, con su fuente y sus setos mudos.   

Pese a que la situación la sorprendía e inquietaba, en realidad no estaba tan fuera de contexto. Desde un par de meses atrás se venía comportando de un modo extraño. Distante, como preocupado. Había intentado hablar con él, pero se encontraba ante un muro de silencio, ante frases evasivas que la alejaban cada vez más de su marido. Los niños, con quien jugaba algunas tardes, echaban de menos su voz y su risa casi tanto como ella. Hacía frío. Una noche, harta de la situación, se enfrentó a él cuando estaban en la cama tumbados. Lloró al preguntarle de nuevo y no obtener respuesta, contuvo los puños de rabia cuando apagó la luz para dar por zanjada la cuestión y se fue al salón indignada cuando él intentó ponerle la mano encima para hacerla olvidar. Aquel día se levantó más temprano que de costumbre, y antes casi de que ella se diera cuenta se marchó de la casa, intentando no hacer ruido. Miró el reloj: las 5.

Era imposible encontrarse en un parque tan grande. Aquello era una locura, y ya empezaba a dudar de que fuera su marido el que la llamó un rato atrás. Con determinación, pasó entre el Pabellón de Bellas Artes (utilizado como Museo Arqueológico) y el Mudéjar hasta llegar a la Glorieta de las Palomas, donde tomó la salida hacia la Avenida de la Palmera. Se acercó a una cabina telefónica, decidida a llamar a la oficina de su marido, cuando comenzó a sonar por sí misma. Dio un pequeño saltito, asustada, y no estaba segura de si debía descolgarlo o no. Al tercer tono lo hizo, temblorosa porque en el fondo sabía quién iba a estar al otro lado.

-       ¿Hola? – preguntó vacilante.

-       Soy yo – respondió Javier con suavidad.

-       Cariño, ¿dónde estás?

-       Escucha, ya no hay tiempo – dijo con urgencia – Mira en los bancos de la Plaza de América y encontrarás un sobre marrón. Es para ti.

-       ¿Pero qué pasa? – su miedo era cada vez mayor.

-       No puedo decir más. Te quiero – susurró mientras se le quebraba la voz.

Se quedó con la réplica en el aire al cortarse la llamada. Se giró con fuerza, volvió a entrar en el parque y empezó a mirar en todos los bancos, encontrando el sobre pegado bajo el que estaba más oculto desde la entrada. Lo abrió allí mismo y lo leyó sentada, mientras las lágrimas caían por su cara y resbalaban por el bolso de cuero.

“No me busques, porque no me encontrarás. No te hagas preguntas, porque las respuestas pueden ser peligrosas. No me quieras más, porque nunca podré volver”.

Junto al texto, escrito con letra pequeña y apretada a lápiz, tres papeles cuadrados del tamaño de servilletas. Cada uno contenía un dibujo hecho a lápiz y coloreado con acuarelas de vivos colores: una serpiente de cascabel, verde y sinuosa, pero también sonriente; un oso pardo, con grandes ojos y gesto amable; y un jaguar, que parecía listo para atacar a su presa. Estaban hechos con cuidado, con esmero y detalle, pero Lucía no acertaba a comprender su significado. Estaba paralizada, intentando asimilar los últimos sesenta minutos. Sintió el enorme deseo de no estar allí, de explotar fuera de la mirada de las personas, de los perros, de los árboles. Se levantó como una autómata y volvió a su casa, sin pensar en nada y en todo a la vez y agarrando el sobre fuertemente con la mano. Abrió la puerta y la cerró, apoyando la espalda contra ella. Fue entonces cuando empezó a temblar.

Un año después, aún temblaba al recordarlo. El momento en que los niños llegaron del colegio y los sentó en el salón no podría olvidarlo jamás. No sabía qué les iba a contar, cómo explicarles que su padre nunca volvería. Y al mismo tiempo no decirles que había muerto, porque no quería que sufrieran de ese modo. Se equivocaba, porque alimentar la creencia de que algún día podría volver hizo que los niños nunca no perdieran la esperanza. Cada día que pasaba a lo largo de esos meses se hizo más y más patente que no podrían resistir mucho tiempo sin que la melancolía les hiciera desaparecer.

Ese día se despertó de manera repentina, antes que el despertador, determinada  a enterrarle de una vez por todas. A seguir adelante con sus vidas y romper con el dolor y la pena. A olvidarle. Los niños, cada vez menos niños y más adultos, se sentaron obedientes en el sillón del salón y la observaban, curiosos. Luis con esos ojos grandes y oscuros que parecían negros; Ana, con una mueca de tristeza en su carita enmarcada por su larga melena. Lucía entró en el salón con el sobre en la mano,  y lo puso sobre la mesa.

-       Niños… Hoy hace ya un año – dijo con suavidad.

Los dos niños asintieron en silencio.

-       ¿Y aún papá no tiene memoria después del accidente? – preguntó Luis. Sólo consiguió el silencio como respuesta.

El accidente. Aquella mentira la machacaba día y noche, por lo absurda que era y por el daño que había hecho a sus hijos. Nerviosa, Lucía cogió el sobre y lo abrió, dejando a la vista los tres dibujos, que puso con cuidado separados entre sí. Intrigados, los niños se levantaron y los miraron. Ana cogió el dibujo del oso y sonrió.

-       ¿Me lo puedo quedar? – preguntó con inocencia.

Luis no sabía qué elegir, porque siempre le habían dicho que las serpientes eran malvadas. Y él no era malvado, pero se sentía poderosamente atraído por el cuerpo sinuoso y oscuro del dibujo. Parecía que en cualquier momento saldría del papel para reptar por la mesa y sacar su pequeña y larga lengua mientras movía el cascabel, advirtiendo. Era peligro, era miedo. Era belleza. Sin pensarlo más, cogió el papel. Lucía, que no esperaba una reacción tan rápida por parte de sus hijos, miró el jaguar. ¿Así que cada uno tendría su dibujo? ¿Para qué?

-       Papá ha muerto.

Los niños no reaccionaron mientras apretaban en sus manos los papeles, conscientes de que aquellos dibujos eran lo único que les ataba al recuerdo de su padre. Lentamente, tímida y sentida, una lágrima surcó el rostro de Ana. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Introducción

Se echó a correr antes de verlo siquiera. Fue una intuición, un olor, un sonido, algo que hizo que sus piernas comenzaran a acelerar el ritmo hasta que solo pudo oír el sonido de su propia respiración, entrecortada. El calor de mediodía se manifestó en seguida en los surcos bajo las axilas de su camisa, y en las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Estaba siendo un septiembre caluroso, de ahí que la Avenida Marítima estuviera casi desierta. Sin mirar atrás siguió corriendo, pensando adónde iría para poder sobrevivir.

Estaba vestido de una forma elegantemente inusual, como si no perteneciera a aquel lugar. A falta de la chaqueta, todo indicaba que llevaba un traje, negro, y unos zapatos que brillaban bajo los rayos del sol. Pese a que su pelo indicaba que había tenido un perfecto peinado engominado, ya no quedaba rastro de ello y, como derretido por el calor, se desparramó libre hacia todas partes y ninguna a la vez. El sonido de los zapatos contra el suelo de la avenida se podía escuchar incluso por encima del tráfico, como los latidos de algún animal. Era tan fácil que todo terminara allí mismo, en la calle, que no se permitió darle esa satisfacción. Lucharía hasta el final, y con ese pensamiento aceleró aún más. Tenía que llegar a algún sitio donde pudiera confundirse entre la gente. Los pocos viandantes que a aquellas horas paseaban se quitaban de en medio, entre curiosos y cautos, así que de nada servían. Se acercaba el final de la avenida, y con ello se acercaba más a Mesa y López, con sus comercios y su gente. Allí podría escapar.

Las Palmas de Gran Canaria, según su percepción, no era una gran ciudad. No en el sentido estético o de infraestructuras, donde dependiendo de la zona podía encontrarse a gusto, sino en su extensión. Su vida transcurría allí entre varios puntos conectados sencillamente entre sí, y nunca tenía que ir a alguno de los barrios considerados “alejados” del centro.  Pero sólo llevaba allí unos meses. Sin embargo y a pesar de todo, le gustaba. Era un desconocido más, no hacía frío y había mar por todas partes, de un azul profundo, diferente a lo que él estaba acostumbrado. Le gustaba ir cerca del atardecer a Las Canteras, a la avenida, a pasear y ver el mar yendo y viniendo, y sintiendo la brisa en la cara. Le ayudaba a pensar con claridad, y a aparcar los fantasmas del pasado. Sin embargo, en sólo un segundo todos ellos habían vuelto, y la ciudad era un gran y desierto infierno que sería su tumba. Ahora el mar era sólo una barrera que le impedía correr más allá, esconderse más lejos y desaparecer. Era una ratonera sin salida.

La avenida comenzó a estrecharse a medida que se terminaba. Recordándolo de repente, sacó el móvil del bolsillo y con gesto rápido quitó la tapa trasera y lanzo la batería lo más lejos posible, sin dejar de correr. Con gesto experto, extrajo la tarjeta SIM y se la metió en la boca. De otro lance, tiró el teléfono contra la carretera, justo antes de que un coche pasara. Oyó el crujir del plástico al romperse a lo lejos, mientras seguía corriendo. El guarda de seguridad del Club Náutico lo miró con curiosidad, pero se quedó cerca de la barrera de seguridad, siguiéndolo distraído con la mirada. “Ya queda menos”, se dijo mientras pasaba por la base militar y atravesaba la rotonda aprovechando el rojo de los semáforos. Se detuvo un instante al llegar a la calle que buscaba, y de tres zancadas cruzó la calle y llegó a las ramblas, oyendo algún que otro bocinazo a su espalda. Había más gente allí, grupos de chavales reunidos bajo la sombra de los árboles y gente paseando a sus perros. Más allá, a medida que se acercaba la mole de unos grandes almacenes, grupos de compradores con sus bolsas de plástico iban y venían. Hacia allí se dirigió mientras con los dientes rayaba el metal de la tarjeta. Era una sensación desagradable, pero contuvo las ganas de escupir a medida que sorteaba a diferentes grupos de personas.

No había mirado una sola vez hacia atrás desde que comenzó la huida, pero no le hacía falta. Podía sentir sus ojos oscuros clavados en la nuca, y el olor a rabia, el sentimiento de odio que de repente flotaba sobre la ciudad. En efecto, unos cincuenta metros atrás alguien caminaba. Rápido, pero sin llegar a correr, inexorable e inevitable. Era mayor, pero eso no mermaba lo firme de sus pasos, marciales. Nadie recordaría su presencia, pero allí estaba, tras su presa tanto tiempo ansiada.  Terminaría así con lo que debía haber acabado tantos años atrás. Tendría paz, por fin. “Corre, corre… nunca escaparás de mi”, se dijo mientras colocaba sus gafas de sol en lo alto de la nariz. Escupió al suelo y aceleró el paso.

Cruzó la calle de nuevo sin reparar en el tráfico, y llegó a la entrada de los grandes almacenes, dejando al entrar el puesto de helados de la entrada a su izquierda. No sabía adónde ir, así que se dirigió a las escaleras mecánicas. Allí respiró durante un par de segundos, intentando olvidar los fuertes pinchazos en el abdomen. Sólo entonces se dio cuenta de que se había encerrado, se había conducido a una trampa aún mayor y más peligrosa que una isla. Tendría que utilizar todo su ingenio y velocidad para poder salir de allí. ¿Cuándo podría dejar de huir? ¿Cuándo podría al fin sentirse seguro? Con un disimulado movimiento miró hacia atrás a través de los espejos que rodeaban las escaleras y le vio. Fue como un pequeño reflejo, algo que se movió, una sombra fugaz, pero no bastó más para convencerse de que debía volver a correr. Llegó a la primera planta, dio la vuelta a la caja de la escalera y volvió a montarse para subir a la siguiente, a grandes zancadas. Un empleado hizo ademán de acercarse, pero él siguió corriendo a través de una planta llena de lámparas y demás objetos de decoración. Tenía que salir de allí. Miró a su alrededor y vio un sofá rojo de exposición, y tras él se lanzó, encogiéndose para no ser visto. Miró hacia las escaleras a través de una rendija hasta que le vio, tranquilo y veloz al mismo tiempo. Se detuvo, miró a los lados y se decidió por el lado izquierdo. Desde el lado derecho, parapetado tras el sofá, salió disparado hacia las escaleras y empezó a bajar.

Le fallaba la vista, pero su olfato era excelente. Ya no llevaba puestas las gafas de sol, pero confiaba más en su inteligente nariz que en sus ojos, vidriosos y gastados. Con el paso del tiempo había aprendido que podía encontrar cosas con tan solo haberlas olido una vez, y potenció al máximo su habilidad entrenándose durante años, a medida que se quedaba ciego. Es por eso que, al llegar a la segunda planta, no necesitó ver para darse cuenta de que se encontraba cerca. Ser perro viejo en esas lides era una ventaja, así que decidió esperar a que su víctima saliera de su escondite y bajara al piso inferior. Con paso decidido, bajó la escalera, mientras una sonrisa deslumbrante aparecía en su cara.

Ya de nuevo en la planta baja, atravesó todo el espacio para llegar a la otra salida, y así poder desviarse del camino fácil. Empezó a atravesar los estantes y expositores de libros y películas, divisando ya la salida. No corría, sino que caminaba rápido, como en pequeños saltos. Cuando quedaban apenas diez metros para salir de allí, el sabor metálico de la tarjeta SIM le recordó que aún la tenía en la boca. Maldiciéndose por no haber pensado en ello antes, volvió hacia atrás y se metió entre las estanterías bajas llenas de libros, buscando un lugar donde dejar el pequeño objeto. Quizás pudiera recuperarlo más tarde, y conseguir algo de información de ella aunque la hubiera rayado con los dientes. Se agachó, y rebuscó entre unos tomos de novelas gráficas. V de Vendetta, Watchmen, From Hell… Abrió por la mitad el grueso libro de Watchmen y soltó la tarjeta en su interior. No sintió dolor cuando el cuchillo atravesó su riñón. Al menos, no inmediatamente.

Con gesto experto, colocó su mano izquierda en la boca de su víctima mientras le clavaba el cuchillo por detrás tres veces, cada vez más arriba. La determinación le dio una fuerza tal que la víctima no pudo oponer resistencia. Cuando la sangre había formado un pequeño charco bajo los libros, se acercó a su oreja.
-       Por fin…

En un gesto rápido, el hombre moribundo cogió la tarjeta del libro y se la volvió a meter en la boca, tragándosela con decisión. Debía resistir hasta el final. El frío tomaba su cuerpo lentamente, a medida que la sangre fluía fuera de él, mientras el Comediante reía desde las páginas del cómic llenas de sangre. Convulsionaba de forma involuntaria, mientras el asesino guardaba su arma rápidamente y gritaba: “¡Oh Dios mío! ¡Ayuda!” atrayendo muchas miradas. Incluso parecía que lo sostenía amablemente mientras se desangraba. Segundos antes de que los operarios de la ambulancia llegaran, cogió aire y con su último esfuerzo, incorporó la cabeza.

-       Nos vemos pronto… papá.