- ¿Por qué se fue, mamá? – preguntó Luis en voz baja, como con miedo a su propia voz. No era una pregunta bienvenida.
- Pues… porque… por el accidente, Luis – dijo su madre, intentando una vez más que su voz sonara convincente, sin éxito.
- ¡Deja de preguntar siempre lo mismo! – se quejó Ana, con fastidio – Papá se olvidó de todo y se perdió. Ya está.
Aquello no convencía a ninguno de los dos niños, pero era mejor que no saber nada. Había pasado un largo año desde que su padre les había abandonado, y en el fondo aún seguían esperándole. Sin reproches, sin odio. Tan solo esperanza de que todo volviera a ser como antes.
Lucía los miró, con aquellos ojos grandes y oscuros llenos de tristeza, y supo que no podría mantener la mentira por mucho más tiempo. Los niños crecían, y sus preguntas serían cada vez más frecuentes. Ni ella misma tenía clara la razón por la que su marido les había abandonado, quizás para siempre. Todo había sucedido demasiado deprisa, y tras tantos meses de soledad y desesperación sus recuerdos estaban contaminados de miedos, esperanzas… y desamor. Una y mil veces había pasado por delante de la comisaría, con la firme intención de entrar y denunciar su desaparición, pero se frenaba en el último segundo. Debía cumplir sus instrucciones.
Doce meses atrás, día más o día menos, caminaba. Por un parque, luminoso y verde. Recordaba estar intranquila, con esa desazón que precede a las malas noticias. Había salido de casa corriendo, cuando había recibido una llamada: “En el parque en diez minutos, es importante”. Y colgó, sin darle tiempo a reaccionar. El parque no podía ser otro que el María Luisa, donde siempre terminaban cada vez que salían a dar un paseo, y donde llevaron (y llevaban) a los niños de vez en cuando.
Le gustaba Sevilla. Ella era andaluza, pero originaria de un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, así que aún no podía decir que realmente conociera la ciudad aunque llevara casi diez años viviendo en ella. Tampoco le importaba, porque sabía orientarse de forma correcta. Además, vivían en una zona agradable, cerca del parque y del barrio de El Porvenir, en un piso grande de los antiguos, en un edificio que emanaba respetabilidad. Sin embargo, había algo que aún después de todo ese tiempo la hacía sentir una extraña, una extranjera en lo que no dejaba de ser su tierra. Esa sensación la acompañaba y le pesaba como una losa, porque en el fondo sólo quería sentirse parte de una comunidad, como lo fue en su infancia. A pesar de todo, pasear por las largas avenidas y observar el río desde los puentes siempre la reconfortaba, aunque desde que nació Ana era difícil encontrar un momento de soledad.
Aquella mañana cogió su bolso, las llaves y salió, aliviada porque los niños estaban aún en el colegio y podía irse rápidamente. Caminó rápidamente hasta llegar a la verja de entrada del parque, y entró temblorosa. No entendía lo que estaba pasando. La voz de su marido, por teléfono, le sonó áspera, grave, seria… ¿qué podía ser? Entró al parque cerca del Pabellón Real y del de Bellas Artes, sin un rumbo fijo, con su fuente y sus setos mudos.
Pese a que la situación la sorprendía e inquietaba, en realidad no estaba tan fuera de contexto. Desde un par de meses atrás se venía comportando de un modo extraño. Distante, como preocupado. Había intentado hablar con él, pero se encontraba ante un muro de silencio, ante frases evasivas que la alejaban cada vez más de su marido. Los niños, con quien jugaba algunas tardes, echaban de menos su voz y su risa casi tanto como ella. Hacía frío. Una noche, harta de la situación, se enfrentó a él cuando estaban en la cama tumbados. Lloró al preguntarle de nuevo y no obtener respuesta, contuvo los puños de rabia cuando apagó la luz para dar por zanjada la cuestión y se fue al salón indignada cuando él intentó ponerle la mano encima para hacerla olvidar. Aquel día se levantó más temprano que de costumbre, y antes casi de que ella se diera cuenta se marchó de la casa, intentando no hacer ruido. Miró el reloj: las 5.
Era imposible encontrarse en un parque tan grande. Aquello era una locura, y ya empezaba a dudar de que fuera su marido el que la llamó un rato atrás. Con determinación, pasó entre el Pabellón de Bellas Artes (utilizado como Museo Arqueológico) y el Mudéjar hasta llegar a la Glorieta de las Palomas, donde tomó la salida hacia la Avenida de la Palmera. Se acercó a una cabina telefónica, decidida a llamar a la oficina de su marido, cuando comenzó a sonar por sí misma. Dio un pequeño saltito, asustada, y no estaba segura de si debía descolgarlo o no. Al tercer tono lo hizo, temblorosa porque en el fondo sabía quién iba a estar al otro lado.
- ¿Hola? – preguntó vacilante.
- Soy yo – respondió Javier con suavidad.
- Cariño, ¿dónde estás?
- Escucha, ya no hay tiempo – dijo con urgencia – Mira en los bancos de la Plaza de América y encontrarás un sobre marrón. Es para ti.
- ¿Pero qué pasa? – su miedo era cada vez mayor.
- No puedo decir más. Te quiero – susurró mientras se le quebraba la voz.
Se quedó con la réplica en el aire al cortarse la llamada. Se giró con fuerza, volvió a entrar en el parque y empezó a mirar en todos los bancos, encontrando el sobre pegado bajo el que estaba más oculto desde la entrada. Lo abrió allí mismo y lo leyó sentada, mientras las lágrimas caían por su cara y resbalaban por el bolso de cuero.
“No me busques, porque no me encontrarás. No te hagas preguntas, porque las respuestas pueden ser peligrosas. No me quieras más, porque nunca podré volver”.
Junto al texto, escrito con letra pequeña y apretada a lápiz, tres papeles cuadrados del tamaño de servilletas. Cada uno contenía un dibujo hecho a lápiz y coloreado con acuarelas de vivos colores: una serpiente de cascabel, verde y sinuosa, pero también sonriente; un oso pardo, con grandes ojos y gesto amable; y un jaguar, que parecía listo para atacar a su presa. Estaban hechos con cuidado, con esmero y detalle, pero Lucía no acertaba a comprender su significado. Estaba paralizada, intentando asimilar los últimos sesenta minutos. Sintió el enorme deseo de no estar allí, de explotar fuera de la mirada de las personas, de los perros, de los árboles. Se levantó como una autómata y volvió a su casa, sin pensar en nada y en todo a la vez y agarrando el sobre fuertemente con la mano. Abrió la puerta y la cerró, apoyando la espalda contra ella. Fue entonces cuando empezó a temblar.
Un año después, aún temblaba al recordarlo. El momento en que los niños llegaron del colegio y los sentó en el salón no podría olvidarlo jamás. No sabía qué les iba a contar, cómo explicarles que su padre nunca volvería. Y al mismo tiempo no decirles que había muerto, porque no quería que sufrieran de ese modo. Se equivocaba, porque alimentar la creencia de que algún día podría volver hizo que los niños nunca no perdieran la esperanza. Cada día que pasaba a lo largo de esos meses se hizo más y más patente que no podrían resistir mucho tiempo sin que la melancolía les hiciera desaparecer.
Ese día se despertó de manera repentina, antes que el despertador, determinada a enterrarle de una vez por todas. A seguir adelante con sus vidas y romper con el dolor y la pena. A olvidarle. Los niños, cada vez menos niños y más adultos, se sentaron obedientes en el sillón del salón y la observaban, curiosos. Luis con esos ojos grandes y oscuros que parecían negros; Ana, con una mueca de tristeza en su carita enmarcada por su larga melena. Lucía entró en el salón con el sobre en la mano, y lo puso sobre la mesa.
- Niños… Hoy hace ya un año – dijo con suavidad.
Los dos niños asintieron en silencio.
- ¿Y aún papá no tiene memoria después del accidente? – preguntó Luis. Sólo consiguió el silencio como respuesta.
El accidente. Aquella mentira la machacaba día y noche, por lo absurda que era y por el daño que había hecho a sus hijos. Nerviosa, Lucía cogió el sobre y lo abrió, dejando a la vista los tres dibujos, que puso con cuidado separados entre sí. Intrigados, los niños se levantaron y los miraron. Ana cogió el dibujo del oso y sonrió.
- ¿Me lo puedo quedar? – preguntó con inocencia.
Luis no sabía qué elegir, porque siempre le habían dicho que las serpientes eran malvadas. Y él no era malvado, pero se sentía poderosamente atraído por el cuerpo sinuoso y oscuro del dibujo. Parecía que en cualquier momento saldría del papel para reptar por la mesa y sacar su pequeña y larga lengua mientras movía el cascabel, advirtiendo. Era peligro, era miedo. Era belleza. Sin pensarlo más, cogió el papel. Lucía, que no esperaba una reacción tan rápida por parte de sus hijos, miró el jaguar. ¿Así que cada uno tendría su dibujo? ¿Para qué?
- Papá ha muerto.
Los niños no reaccionaron mientras apretaban en sus manos los papeles, conscientes de que aquellos dibujos eran lo único que les ataba al recuerdo de su padre. Lentamente, tímida y sentida, una lágrima surcó el rostro de Ana.
Muy bueno! Continúa por favor!!!
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