Se echó a correr antes de verlo siquiera. Fue una intuición, un olor, un sonido, algo que hizo que sus piernas comenzaran a acelerar el ritmo hasta que solo pudo oír el sonido de su propia respiración, entrecortada. El calor de mediodía se manifestó en seguida en los surcos bajo las axilas de su camisa, y en las gotas de sudor que resbalaban por su frente. Estaba siendo un septiembre caluroso, de ahí que la Avenida Marítima estuviera casi desierta. Sin mirar atrás siguió corriendo, pensando adónde iría para poder sobrevivir.
Estaba vestido de una forma elegantemente inusual, como si no perteneciera a aquel lugar. A falta de la chaqueta, todo indicaba que llevaba un traje, negro, y unos zapatos que brillaban bajo los rayos del sol. Pese a que su pelo indicaba que había tenido un perfecto peinado engominado, ya no quedaba rastro de ello y, como derretido por el calor, se desparramó libre hacia todas partes y ninguna a la vez. El sonido de los zapatos contra el suelo de la avenida se podía escuchar incluso por encima del tráfico, como los latidos de algún animal. Era tan fácil que todo terminara allí mismo, en la calle, que no se permitió darle esa satisfacción. Lucharía hasta el final, y con ese pensamiento aceleró aún más. Tenía que llegar a algún sitio donde pudiera confundirse entre la gente. Los pocos viandantes que a aquellas horas paseaban se quitaban de en medio, entre curiosos y cautos, así que de nada servían. Se acercaba el final de la avenida, y con ello se acercaba más a Mesa y López, con sus comercios y su gente. Allí podría escapar.
Las Palmas de Gran Canaria, según su percepción, no era una gran ciudad. No en el sentido estético o de infraestructuras, donde dependiendo de la zona podía encontrarse a gusto, sino en su extensión. Su vida transcurría allí entre varios puntos conectados sencillamente entre sí, y nunca tenía que ir a alguno de los barrios considerados “alejados” del centro. Pero sólo llevaba allí unos meses. Sin embargo y a pesar de todo, le gustaba. Era un desconocido más, no hacía frío y había mar por todas partes, de un azul profundo, diferente a lo que él estaba acostumbrado. Le gustaba ir cerca del atardecer a Las Canteras, a la avenida, a pasear y ver el mar yendo y viniendo, y sintiendo la brisa en la cara. Le ayudaba a pensar con claridad, y a aparcar los fantasmas del pasado. Sin embargo, en sólo un segundo todos ellos habían vuelto, y la ciudad era un gran y desierto infierno que sería su tumba. Ahora el mar era sólo una barrera que le impedía correr más allá, esconderse más lejos y desaparecer. Era una ratonera sin salida.
La avenida comenzó a estrecharse a medida que se terminaba. Recordándolo de repente, sacó el móvil del bolsillo y con gesto rápido quitó la tapa trasera y lanzo la batería lo más lejos posible, sin dejar de correr. Con gesto experto, extrajo la tarjeta SIM y se la metió en la boca. De otro lance, tiró el teléfono contra la carretera, justo antes de que un coche pasara. Oyó el crujir del plástico al romperse a lo lejos, mientras seguía corriendo. El guarda de seguridad del Club Náutico lo miró con curiosidad, pero se quedó cerca de la barrera de seguridad, siguiéndolo distraído con la mirada. “Ya queda menos”, se dijo mientras pasaba por la base militar y atravesaba la rotonda aprovechando el rojo de los semáforos. Se detuvo un instante al llegar a la calle que buscaba, y de tres zancadas cruzó la calle y llegó a las ramblas, oyendo algún que otro bocinazo a su espalda. Había más gente allí, grupos de chavales reunidos bajo la sombra de los árboles y gente paseando a sus perros. Más allá, a medida que se acercaba la mole de unos grandes almacenes, grupos de compradores con sus bolsas de plástico iban y venían. Hacia allí se dirigió mientras con los dientes rayaba el metal de la tarjeta. Era una sensación desagradable, pero contuvo las ganas de escupir a medida que sorteaba a diferentes grupos de personas.
No había mirado una sola vez hacia atrás desde que comenzó la huida, pero no le hacía falta. Podía sentir sus ojos oscuros clavados en la nuca, y el olor a rabia, el sentimiento de odio que de repente flotaba sobre la ciudad. En efecto, unos cincuenta metros atrás alguien caminaba. Rápido, pero sin llegar a correr, inexorable e inevitable. Era mayor, pero eso no mermaba lo firme de sus pasos, marciales. Nadie recordaría su presencia, pero allí estaba, tras su presa tanto tiempo ansiada. Terminaría así con lo que debía haber acabado tantos años atrás. Tendría paz, por fin. “Corre, corre… nunca escaparás de mi”, se dijo mientras colocaba sus gafas de sol en lo alto de la nariz. Escupió al suelo y aceleró el paso.
Cruzó la calle de nuevo sin reparar en el tráfico, y llegó a la entrada de los grandes almacenes, dejando al entrar el puesto de helados de la entrada a su izquierda. No sabía adónde ir, así que se dirigió a las escaleras mecánicas. Allí respiró durante un par de segundos, intentando olvidar los fuertes pinchazos en el abdomen. Sólo entonces se dio cuenta de que se había encerrado, se había conducido a una trampa aún mayor y más peligrosa que una isla. Tendría que utilizar todo su ingenio y velocidad para poder salir de allí. ¿Cuándo podría dejar de huir? ¿Cuándo podría al fin sentirse seguro? Con un disimulado movimiento miró hacia atrás a través de los espejos que rodeaban las escaleras y le vio. Fue como un pequeño reflejo, algo que se movió, una sombra fugaz, pero no bastó más para convencerse de que debía volver a correr. Llegó a la primera planta, dio la vuelta a la caja de la escalera y volvió a montarse para subir a la siguiente, a grandes zancadas. Un empleado hizo ademán de acercarse, pero él siguió corriendo a través de una planta llena de lámparas y demás objetos de decoración. Tenía que salir de allí. Miró a su alrededor y vio un sofá rojo de exposición, y tras él se lanzó, encogiéndose para no ser visto. Miró hacia las escaleras a través de una rendija hasta que le vio, tranquilo y veloz al mismo tiempo. Se detuvo, miró a los lados y se decidió por el lado izquierdo. Desde el lado derecho, parapetado tras el sofá, salió disparado hacia las escaleras y empezó a bajar.
Le fallaba la vista, pero su olfato era excelente. Ya no llevaba puestas las gafas de sol, pero confiaba más en su inteligente nariz que en sus ojos, vidriosos y gastados. Con el paso del tiempo había aprendido que podía encontrar cosas con tan solo haberlas olido una vez, y potenció al máximo su habilidad entrenándose durante años, a medida que se quedaba ciego. Es por eso que, al llegar a la segunda planta, no necesitó ver para darse cuenta de que se encontraba cerca. Ser perro viejo en esas lides era una ventaja, así que decidió esperar a que su víctima saliera de su escondite y bajara al piso inferior. Con paso decidido, bajó la escalera, mientras una sonrisa deslumbrante aparecía en su cara.
Ya de nuevo en la planta baja, atravesó todo el espacio para llegar a la otra salida, y así poder desviarse del camino fácil. Empezó a atravesar los estantes y expositores de libros y películas, divisando ya la salida. No corría, sino que caminaba rápido, como en pequeños saltos. Cuando quedaban apenas diez metros para salir de allí, el sabor metálico de la tarjeta SIM le recordó que aún la tenía en la boca. Maldiciéndose por no haber pensado en ello antes, volvió hacia atrás y se metió entre las estanterías bajas llenas de libros, buscando un lugar donde dejar el pequeño objeto. Quizás pudiera recuperarlo más tarde, y conseguir algo de información de ella aunque la hubiera rayado con los dientes. Se agachó, y rebuscó entre unos tomos de novelas gráficas. V de Vendetta, Watchmen, From Hell… Abrió por la mitad el grueso libro de Watchmen y soltó la tarjeta en su interior. No sintió dolor cuando el cuchillo atravesó su riñón. Al menos, no inmediatamente.
Con gesto experto, colocó su mano izquierda en la boca de su víctima mientras le clavaba el cuchillo por detrás tres veces, cada vez más arriba. La determinación le dio una fuerza tal que la víctima no pudo oponer resistencia. Cuando la sangre había formado un pequeño charco bajo los libros, se acercó a su oreja.
- Por fin…
En un gesto rápido, el hombre moribundo cogió la tarjeta del libro y se la volvió a meter en la boca, tragándosela con decisión. Debía resistir hasta el final. El frío tomaba su cuerpo lentamente, a medida que la sangre fluía fuera de él, mientras el Comediante reía desde las páginas del cómic llenas de sangre. Convulsionaba de forma involuntaria, mientras el asesino guardaba su arma rápidamente y gritaba: “¡Oh Dios mío! ¡Ayuda!” atrayendo muchas miradas. Incluso parecía que lo sostenía amablemente mientras se desangraba. Segundos antes de que los operarios de la ambulancia llegaran, cogió aire y con su último esfuerzo, incorporó la cabeza.
- Nos vemos pronto… papá.
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